¿Qué hice yo, desde mi lugar, para que mi año valiera la pena ser vivido?

Hace ya varios años que trabajo en mí para vivir la llegada del mes de diciembre con calma, alegría, esperanza y agradecimiento.
Y aun así, cada año vuelve a aparecer la misma escena: personas que, en el día a día, me dicen lo rápido que se les pasó el año.
Esa frase siempre me conduce a la misma pregunta:
¿qué hice yo, desde mi lugar, para que mi año valiera la pena ser vivido?
No es una pregunta dura.
Es una pregunta honesta.
Y es una pregunta que me invita a reconocer lo que sí funcionó en mí.
Porque cuando puedo responderla, no solo reconozco mi aporte a la vida, a mis días, a mis vínculos, a los momentos compartidos, sino que también tomo consciencia de las fortalezas que me acompañaron para atravesar el año como lo hice. Fortalezas que me permitieron sacar lo mejor de mí en la diaria y darle verdadero valor a lo vivido.
Mientras voy decorando mi hogar para honrar la llegada de la Navidad, y en mi caso honrar el nacimiento de mi mejor maestro Jesús, hay siempre una hoja y un lápiz cerca.
Esa hoja la divido en dos columnas.
En una escribo las acciones que considero virtuosas, aquellas que contribuyeron a darle valor a mis días.
En la otra, anoto las fortalezas y virtudes que me condujeron a realizar esas acciones.
Este ejercicio, simple y profundo a la vez, me permite reconocer que aquello que sí funciona en mí se expresa en pequeñas acciones cotidianas. Acciones que me hacen bien y que me permiten hacer el bien. Es ahí donde puedo ver con claridad cómo se forjan nuestras fortalezas de desempeño, impulsadas por nuestras fortalezas de pasión.
También hay algo importante que ocurre en este proceso. Aprendo a agradecerme.
Agradecerme por haber elegido, aun en medio de la dificultad, actuar desde el amor y no desde la urgencia del ego.
Diciembre nos invita a pausar.
Y pausar no es cerrar la boca.
Pausar es hacer silencio mental.
Es soltar la necesidad de tener la razón.
Es comprender cómo el ego se filtra en nuestras relaciones.
Es animarnos a ver que, muchas veces, lo que no digo también es un acto de amor.
Elegirse, priorizarse y escucharse no es egoísmo.
Es un acto profundo de amor propio.
Por eso quiero invitarte a algo muy concreto.
Tomá un papel y un lápiz. Dividí la hoja en dos.
De un lado escribí como título: pequeñas acciones virtuosas que reconozco haber realizado.
Del otro lado: fortalezas que creo haber forjado para llevarlas a cabo.
No hace falta completar ambas columnas en el mismo momento.
Dejá que tus pensamientos recorran el año que pasó.
Volvé a tus días, a tus semanas, a tus meses.
Y escribí cuando el tiempo lo amerite.
Te aseguro que, cuando vuelvas a mirar esa hoja, vas a descubrir algo esencial.
Hay muchas más cosas de las que creés que realmente sí funcionan en vos.
Y tal vez, desde ahí, puedas cerrar este año de una manera distinta.
Eligiéndote.
Priorizándote.
Amándote.
Porque a veces, eso solo… ya es suficiente. ❤️

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