Esta pregunta se ha convertido en uno de los pilares de mi narrativa y de mi vida.
Porque el amor no es solo un sentimiento: el amor se practica.
Y esa práctica exige disciplina, constancia, acciones virtuosas y presencia.
Cuando dejamos de trabajar por el amor, muchas veces comenzamos a perdernos en lo redituable, en la productividad y en el ego.
En cambio, cuando elegimos volver al amor como práctica diaria, se abren posibilidades nuevas.
Nelson Mandela
Un largo camino hacia la libertad
«Nadie nace odiando al otro por el color de su piel, su procedencia o religión… si pueden aprender a odiar, también pueden aprender a amar.»
— Nelson Mandela
La vida de Nelson Mandela, en lo personal, me atrapa profundamente.
Es uno de los hombres de los cuales me siento honrada de que haya existido, para hoy poder aprender a través de su historia.
Sus ideales lo llevaron a una lucha sin violencia por la igualdad, y sobre todo, a la búsqueda de un propósito que lo llevó a entregar 27 años de su libertad.
¿Se dan cuenta?
27 años de privación de la libertad buscando cumplir con su propósito.
Para construir un país donde todas las personas fueran libres e iguales, tuvo que labrar un camino que lo condujo a un propósito mayor: sembrar amor.
No solo para que los oprimidos se liberaran del odio que les había generado tanto sufrimiento, sino también para que los opresores se liberaran del odio que habían aprendido de generación en generación.
¿Cómo logró esto?
Con amor.
Buscando que sus acciones fueran producto del amor que sentía por su causa.
Porque el odio no sana las heridas que genera; las sana el amor.
“El odio se cura con AMOR”.
Cuanto más amor tengamos en nuestro interior, más propensos somos a hacer el bien.
También me siento profundamente agradecida, porque fue, entre otros, la persona que me inspiró a establecer el propósito esencial de El Jardín de la Felicidad: sembrar amor.
Y confirma, con esta frase solemne publicada hace 31 años en su autobiografía Un largo camino hacia la libertad (1994), que los seres humanos aprendemos a amar.
Así es: a amar y a ser felices se aprende.
Ambos son estados que no nos encuentran pasivamente, son estados que debemos buscar activamente.
Y eso requiere esfuerzo, constancia y perseverancia.
¿Se imaginan el esfuerzo de Mandela?
La constancia y la perseverancia fueron sus aliados tanto dentro como fuera de la cárcel para transformar el sufrimiento en libertad, la violencia en paz y, por supuesto, el odio en amor.
Hace poco tuve la gracia y el privilegio de visitar por segunda vez África.
Comparto desde mi humildad algo personal: es el único continente que me llama, en lo más profundo de mi corazón, a volver.
En esta ocasión estuve en Sudáfrica.
Visité Soweto, ubicado al suroeste de Johannesburgo, símbolo potente de resistencia, cultura y transformación social. Fue creado en los años 1930–1940 para concentrar a la población negra trabajadora durante el régimen del apartheid. Allí vivió Nelson Mandela; hoy es un museo.
También visité el Museo del Apartheid, y comprendí que solo el propósito de sanar podía conducir a la paz verdadera.
Así sucede en los seres humanos: sanar nos lleva a la paz interior y a la paz con el mundo exterior.
Y desde allí, aprendemos a amar.
Cuando todo esto se presentó ante mis ojos, el deseo de darle luz a El Jardín de la Felicidad ardía en mi corazón.
Confirmaba lo que pienso profundamente: a amar se aprende.